La historia de la postal ilustrada es, en buena medida, la historia de las técnicas de reproducción fotomecánica que hicieron posible multiplicar imágenes a gran escala sin renunciar por completo a la calidad visual (Stulik & Kaplan, 2013). Entre ellas, la fototipia fue una de las más influyentes, al permitir una reproducción fotográfica continua sin necesidad de tramas de puntos (Stulik & Kaplan, 2013). Desarrollada a partir de los ensayos de Poitevin a mediados del siglo XIX y perfeccionada por Albert y Husník hacia 1868, la fototipia se basaba en una plancha de vidrio recubierta con gelatina bicromatada, sensibilizada y expuesta bajo un negativo fotográfico que modulaba el endurecimiento de la capa (Stulik & Kaplan, 2013). Las zonas que recibían más luz quedaban más endurecidas y retenían menos tinta, produciendo los tonos claros, mientras que las áreas menos expuestas permanecían más blandas, retenían más tinta y generaban los tonos oscuros, dando lugar a una gama tonal continua muy cercana a la fotografía original (Stulik & Kaplan, 2013). Esta técnica ofrecía una fidelidad tonal excepcional y una gran definición de detalle, lo que la convirtió en una opción preferente para ediciones de alta calidad y series monumentales destinadas al turismo culto (Stulik & Kaplan, 2013). Su principal limitación residía en la fragilidad de la gelatina, que restringía las tiradas a unos pocos miles de copias por plancha y exigía operarios altamente especializados, encareciendo el proceso (Stulik & Kaplan, 2013).
En el extremo opuesto se situó el halftone o sistema de tramado de puntos, que abrió la puerta a la reproducción barata y masiva de imágenes fotográficas (Stulik & Kaplan, 2013). A partir de los trabajos de Talbot y la sistematización de Ives en la década de 1880, la interposición de una pantalla de líneas cruzadas entre el negativo y la plancha segmentaba los tonos continuos en una matriz de puntos de tamaño variable, grandes en las sombras y pequeños en las luces (Stulik & Kaplan, 2013). El ojo humano, a distancia normal, fusiona estos puntos y percibe un tono continuo, aunque bajo la lupa la textura tramada resulta inconfundible (Stulik & Kaplan, 2013). La gran ventaja del halftone fue su plena compatibilidad con la tipografía, que permitió integrar texto e imagen en la misma forma impresora y abaratar de manera drástica la impresión de periódicos, revistas y postales de consumo corriente (Stulik & Kaplan, 2013). El coste fue una pérdida relativa de fidelidad tonal y una textura visible que delataba el carácter industrial y seriado de la imagen (Stulik & Kaplan, 2013).
Para las postales de vocación más decorativa, la técnica dominante fue la cromolitografía, heredera de la litografía clásica pero basada en separaciones de color que se imprimían en sucesivas pasadas con un registro muy preciso (Twyman, 2013). Cada color requería una piedra o plancha distinta, y la imagen resultante podía alcanzar una riqueza cromática y unos efectos decorativos que hicieron de estas tarjetas pequeños objetos de lujo gráfico, especialmente en la producción alemana y británica (Twyman, 2013). Editores como Raphael Tuck explotaron esta técnica para series artísticas y de felicitación, combinando diseño gráfico, ilustración y cromolitografía de alta calidad (Bannister, 2019). La contrapartida fue el coste: la cromolitografía dependía de dibujantes y litógrafos muy cualificados, y cualquier desajuste de registro producía halos o bordes de color que rebajaban la calidad percibida (Twyman, 2013).
Otros procedimientos ocuparon posiciones más discretas. El fotograbado, que combinaba una base fotográfica con un grabado químico en plancha metálica, reproducía los tonos mediante líneas o granos grabados, ofreciendo una textura intermedia entre la fotografía y el grabado tradicional (Stulik & Kaplan, 2013). Su compatibilidad con la tipografía y su resistencia a tiradas relativamente largas lo hicieron útil como técnica de transición entre los grabados manuales y los sistemas fotomecánicos modernos (Stulik & Kaplan, 2013). La heliografía, desarrollada por Niépce, ilustra los orígenes de la reproducción fotomecánica, pero sus largas exposiciones la relegaron a un papel experimental, sin impacto significativo en la producción postal industrial (Stulik & Kaplan, 2013). El offset, en cambio, se consolidó tras 1900 como sistema de impresión rotativa de alta velocidad, al transferir la imagen desde la plancha a un cilindro de caucho y de éste al papel, lo que redujo costes y favoreció tiradas muy grandes (Stulik & Kaplan, 2013). En el ámbito de la postal, el offset terminó por desplazar a la litografía y a la tipografía en las producciones masivas a partir de la década de 1920, mientras la fototipia se preservaba para ediciones de prestigio (Stulik & Kaplan, 2013).
Estas
técnicas se ponen al servicio de funciones y géneros muy diversos. La
postal turística —centrada en vistas de ciudades, monumentos, paisajes e
infraestructuras— se convirtió en el género hegemónico, articulando un
dispositivo de comercialización de destinos y de construcción de
imaginarios geográficos compartidos (Burdick, 2005). Ejemplos como las vistas
de la Torre Eiffel, la Alhambra o la catedral de Burgos ilustran cómo ciertas
imágenes se consagran como iconos circulantes, reproducidos por millones de
ejemplares (Burdick, 2005). Diversos estudios sobre la llamada “edad de oro” de
la tarjeta postal estiman que las vistas turísticas representaron una mayoría
abrumadora de la producción entre 1890 y 1914, situándose en torno a un 70–80%
del total en algunos mercados (Burdick, 2005).
Junto a estas vistas, las postales costumbristas difundieron tipos populares, escenas de mercado, fiestas y actividades tradicionales, fijando estereotipos regionales y funcionando como verdaderas “maquetas etnográficas” destinadas al consumo urbano (Ryan, 2009). Las postales políticas y patrióticas, por su parte, explotaron el retrato de líderes, los símbolos nacionales y las escenas cívicas, con un crecimiento espectacular durante la Primera Guerra Mundial y otros momentos de intensa movilización ideológica (Bannister, 2019). Las postales bélicas mostraron trincheras, ruinas, cementerios y desfiles, más que el combate directo, condicionado por la censura y las limitaciones técnicas, y contribuyeron a configurar una memoria visual del conflicto (Bannister, 2019).
Las
postales de arte democratizaron el acceso a obras pictóricas y
escultóricas, así como a diseños gráficos modernos, permitiendo a públicos alejados
de los grandes museos familiarizarse con el patrimonio artístico (Ryan, 2009).
Con el auge del cinematógrafo, las postales de cine y celebridades
trasladaron al pequeño formato el naciente star system, combinando retratos de
actores y escenas de películas (Ryan, 2009). Las postales de actualidad
documentaron exposiciones universales, desastres y grandes eventos deportivos,
actuando como un medio informativo en la era previa a la radio y la televisión
(Burdick, 2005). Finalmente, las postales comerciales y publicitarias
fueron producidas por hoteles, compañías ferroviarias y comercios como
herramienta de promoción, integrando logotipos, direcciones y mensajes
corporativos en un soporte que los clientes redistribuían gratuitamente
(Bannister, 2019).
Ante esta diversidad técnica y funcional, el investigador necesita una taxonomía integrada que permita clasificar cada postal desde varias dimensiones. Una primera dimensión técnica puede codificarse con siglas como FT (fototipia), HT (halftone), CR (cromolitografía), FG (fotograbado), HE (heliografía), OF (offset) o MX (técnica mixta), lo que facilita tanto el análisis comparado como la explotación informática de las colecciones (Stulik & Kaplan, 2013). Una segunda dimensión temática agrupa categorías como TU (turística), CO (costumbrista), PO (política), BE (bélica), AR (arte), CI (cine), AC (actualidad), CM (comercial), RE (religiosa), NA (naturaleza/paisaje), DE (deportiva) u OT (otras), que reflejan las funciones culturales y simbólicas de la postal (Ryan, 2009).
A estas se añaden dimensiones geográficas (región representada y país de producción), temporal (periodo de producción y periodo representado), productiva (editor, fotógrafo, impresor, numeración de serie, marca registrada), material (dimensiones, tipo de papel, estado de conservación, daños) y de circulación (matasellos, franqueo, mensaje manuscrito, remitente, destinatario, fecha de envío), que convierten cada pieza en un documento complejo (Stulik & Kaplan, 2013). La integración de estos campos en una base de datos relacional permite consultas complejas, análisis estadísticos, visualizaciones geográficas mediante SIG, interoperabilidad con otros sistemas de metadatos y una mejor preservación digital a través de imágenes de alta resolución vinculadas a descripciones normalizadas (Stulik & Kaplan, 2013).
10.
Texto B
10. TIPOLOGÍAS Y CLASIFICACIÓN
10.1
Tipologías por técnica de reproducción
La
clasificación de la postal ilustrada exige una atención sistemática a
las técnicas de reproducción que definen su materialidad y condicionan
sus posibilidades expresivas (Stulik & Kaplan, 2013). Entre los procesos
fotomecánicos empleados entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del
XX, la fototipia ocupa un lugar central por su capacidad para generar
imágenes en tonos continuos sin recurso a tramas de puntos (Stulik &
Kaplan, 2013). Patentada inicialmente por Poitevin en 1855 y perfeccionada por
Albert y Husník a partir de 1868, la fototipia se basa en una plancha de vidrio
recubierta con gelatina bicromatada, sensibilizada y expuesta bajo un
negativo fotográfico que modula el endurecimiento de la capa en función de la
cantidad de luz (Stulik & Kaplan, 2013). Las zonas más expuestas quedan más
endurecidas y retienen menos agua y tinta, generando los tonos claros, mientras
que las menos expuestas permanecen relativamente blandas, absorben más tinta y
producen los tonos oscuros, de modo que la plancha funciona como una matriz de densidades
variables capaz de reproducir gradaciones tonales muy finas (Stulik &
Kaplan, 2013).
Esta
estructura confiere a la fototipia una gama tonal excepcional y una gran
definición de detalle, perceptibles en impresos donde el grano microscópico de
la gelatina se traduce en una apariencia muy cercana a la de las copias fotográficas
en papel (Stulik & Kaplan, 2013). Por este motivo, la técnica se utilizó
extensamente en libros ilustrados, álbumes y series de postales que buscaban
una fuerte verosimilitud fotográfica, especialmente en el ámbito de las vistas
monumentales y paisajísticas (Stulik & Kaplan, 2013). La contrapartida era
su limitada durabilidad: la capa de gelatina se deterioraba
progresivamente durante la impresión y las planchas raramente superaban tiradas
de unas 2.000–5.000 copias sin descenso apreciable de calidad (Stulik &
Kaplan, 2013). Además, la preparación y el entintado requerían personal
especializado y un control riguroso de la humedad, lo que incrementaba los
costes y situaba a la fototipia en un segmento de producción más cercano a la
edición de prestigio que a la cultura de masas de bajo coste (Stulik &
Kaplan, 2013).
En
contraste, el halftone o sistema de tramado de puntos respondió a
la necesidad de integrar imágenes fotográficas en la tipografía industrial
y abaratar su reproducción (Stulik & Kaplan, 2013). Los desarrollos de
Talbot en 1852 y, especialmente, las innovaciones de Ives en la década de 1880
permitieron emplear pantallas de líneas cruzadas, con densidades de entre 65 y
85 líneas por pulgada, que transformaban los tonos continuos del negativo en
puntos de superficie variable (Stulik & Kaplan, 2013). En las zonas
oscuras, los puntos ocupan una mayor proporción de la superficie, mientras que
en las claras se reducen y dispersan, configurando una matriz en la que la
proporción de tinta y blanco determina la impresión de tono (Stulik &
Kaplan, 2013). Desde el punto de vista perceptivo, el halftone se apoya en una ilusión
óptica: a la distancia habitual de lectura, el ojo integra los puntos y
reconstruye una apariencia de continuidad tonal, pero bajo magnificación la
trama aparece claramente visible (Stulik & Kaplan, 2013).
La
principal ventaja del halftone radica en su plena compatibilidad con las
prensas tipográficas y rotativas, que permitió imprimir simultáneamente
texto e imagen en una misma forma, simplificando la composición y reduciendo
costes (Stulik & Kaplan, 2013). Las planchas halftone, generalmente
metálicas, soportaban tiradas de decenas de miles de ejemplares, lo que hizo de
este proceso la técnica dominante para la reproducción de imágenes en
periódicos, revistas, catálogos comerciales y postales de tirada masiva a
partir de la década de 1890 (Stulik & Kaplan, 2013). El precio de esta
eficiencia fue una fidelidad tonal inferior a la de la fototipia y una
textura granular visible, que se convirtió en una marca material de la cultura
impresa industrial (Stulik & Kaplan, 2013).
La cromolitografía
representa una variante de la litografía planográfica adaptada a la impresión
en color mediante múltiples separaciones cromáticas (Twyman, 2013). En
este procedimiento, la imagen se descompone en varios componentes de color
—habitualmente entre cinco y doce—, cada uno de los cuales se dibuja
manualmente sobre una piedra o plancha específica y se imprime en sucesivas
pasadas, exigiendo un registro extremadamente preciso para evitar
desplazamientos entre capas (Twyman, 2013). El resultado puede alcanzar una riqueza
cromática notable, con gradaciones, efectos metálicos o barnizados
parciales, y una estética exuberante que hizo de la cromolitografía la técnica
preferida para tarjetas de saludo, felicitaciones, series Art Nouveau y
composiciones decorativas (Twyman, 2013). Empresas como Raphael Tuck & Sons
combinaron cromolitografía de alta calidad con ilustraciones de artistas y una
cuidada edición, consolidando la postal cromolitográfica como un objeto de
consumo estético y coleccionismo (Bannister, 2019).
No
obstante, la cromolitografía era una técnica intensiva en mano de obra,
dependiente del talento de dibujantes y litógrafos, y muy sensible a errores de
registro que producían halos y bordes de color indeseados (Twyman, 2013). Estas
condiciones encarecían la producción y limitaron su uso a segmentos donde el
valor añadido estético compensaba el sobrecoste, al tiempo que favorecieron la
posterior adopción de sistemas más automatizables, como el offset, para las
tiradas masivas (Twyman, 2013).
El fotograbado
y la heliografía completan el panorama de los procesos fotomecánicos
tempranos. El fotograbado combina la exposición de un negativo sobre una plancha
metálica recubierta con una capa fotosensible, endurecida selectivamente por la
luz, con un ataque químico que excava las zonas no protegidas, creando una
superficie en relieve capaz de retener tinta (Stulik & Kaplan, 2013). En
sus primeras variantes, las tonalidades se reproducían a través de líneas y
tramas irregulares, lo que confiere a las estampas una textura intermedia entre
el grabado tradicional y la fotografía, y las hace reconocibles bajo
magnificación (Stulik & Kaplan, 2013). La heliografía, en cambio, se basa
en el endurecimiento de una capa de betún por acción de la luz, con tiempos de
exposición muy prolongados, lo que la hizo poco viable para la producción
industrial, si bien constituye un antecedente crucial de los procesos
fotomecánicos posteriores (Stulik & Kaplan, 2013).
El offset cierra este recorrido como técnica que sintetiza los principios litográficos con la lógica de la impresión rotativa moderna (Stulik & Kaplan, 2013). En este sistema, la imagen se genera sobre una plancha plana, pero no se transfiere directamente al papel, sino a través de un cilindro de caucho que mejora el contacto y reduce el desgaste de la plancha, lo que permite tiradas largas y alta velocidad (Stulik & Kaplan, 2013). A partir de las primeras décadas del siglo XX, el offset se impuso progresivamente en ámbitos como la publicidad, la edición comercial y, finalmente, la postal, desplazando a la litografía y a la tipografía en las producciones de gran volumen, mientras que técnicas como la fototipia quedaron relegadas a tiradas de prestigio o ediciones especiales (Stulik & Kaplan, 2013).
10.2 Tipologías por función y género
La segunda dimensión fundamental para la
clasificación de la postal ilustrada es la relativa a su función
social y a su género iconográfico, es decir, a los usos concretos y
a los repertorios de imágenes que articulan su circulación en la cultura de
masas (Burdick, 2005). La postal no es únicamente un soporte técnico de
reproducción, sino también un medio que organiza imaginarios turísticos,
identidades nacionales, memorias de guerra, consumos artísticos y prácticas
comerciales, lo que obliga a un enfoque tipológico que vaya más allá de la mera
descripción temática superficial (Ryan, 2009).
En el período comprendido entre aproximadamente
1890 y 1914, la categoría dominante es la postal turística o monumental,
centrada en vistas de ciudades, monumentos históricos, paisajes naturales,
infraestructuras modernas y escenas asociadas al viaje y al ocio (Burdick,
2005). Estas imágenes se inscriben en la formación de un imaginario
geográfico global, en el que determinados enclaves se convierten en hitos
obligatorios del recorrido turístico —real o imaginario—, reproducidos una y
otra vez en un número ingente de ejemplares (Ryan, 2009). La proliferación de
postales dedicadas a la Torre Eiffel de París, a la Alhambra de Granada o a
catedrales góticas emblemáticas muestra cómo la postal contribuyó a fijar una
serie de vistas “canónicas” que, con el tiempo, se naturalizaron como la imagen
evidente de cada lugar (Burdick, 2005). Los estudios sobre la “edad de oro” de
la tarjeta postal coinciden en que este tipo de vistas representó una
proporción abrumadoramente mayoritaria de la producción, situando las
estimaciones en torno a un 70–80% del total en algunos mercados europeos y
norteamericanos, lo que evidencia el peso decisivo del género turístico en el
conjunto del medio (Burdick, 2005).
En paralelo, se consolida un amplio grupo de
postales costumbristas, que representan tipos populares, escenas de
mercado, festividades religiosas, bailes regionales y actividades
tradicionales, configurando un repertorio visual que convierte ciertas regiones
y grupos sociales en objeto de exotización interna (Ryan, 2009). Estas
postales construyen un “color local” destinado, en buena medida, al consumo de
destinatarios urbanos o extranjeros, que encuentran en ellas una mirada
estereotipada sobre lo rural, lo periférico o lo tradicional, codificado en
poses, vestimentas y escenarios cuidadosamente seleccionados (Ryan, 2009). En
el caso de España, se reiteran motivos como las gitanas y toreros andaluces,
las escenas de flamenco, los danzantes vascos o las sardanas catalanas,
frecuentemente acompañados de rótulos que fijan denominaciones regionales y
refuerzan la asociación entre imagen, territorio y “carácter” colectivo (Ryan,
2009).
Las postales políticas y patrióticas
constituyen otra familia decisiva, especialmente visible en momentos de
conflicto bélico o de reconfiguración institucional profunda, como guerras,
revoluciones o cambios de régimen (Bannister, 2019). Este género incluye
retratos de jefes de Estado y líderes militares, alegorías de la nación,
escudos, banderas, monumentos cívicos y escenas de ceremonias oficiales, que
buscan reforzar sentimientos de pertenencia y adhesión ideológica mediante una
iconografía fácilmente reconocible (Bannister, 2019). Durante la Primera Guerra
Mundial se produjo una auténtica explosión de postales patrióticas con
eslóganes nacionalistas, caricaturas del enemigo, escenas heroicas de soldados
y representaciones edulcoradas de la retaguardia, que funcionaron como
dispositivos de propaganda y como objetos de recuerdo para combatientes y
civiles (Bannister, 2019). En diversos contextos nacionales, incluida España en
la Segunda República y la Guerra Civil, la postal se convirtió en un soporte
más para la movilización política, con series que difundían símbolos,
lemas y emblemas propios de cada bando enfrentado (Bannister, 2019).
Muy próximas a estas se sitúan las postales bélicas
o militares, dedicadas específicamente a representar la guerra y la vida
castrense, si bien con fuertes mediaciones técnicas y censores institucionales
(Bannister, 2019). Estas postales muestran trincheras, convoyes, ruinas
bombardeadas, hospitales de campaña, cementerios, desfiles y escenas de
camaradería entre soldados, más que el combate directo, que era difícil de
fotografiar y a menudo se consideraba inapropiado para su difusión masiva
(Bannister, 2019). En consecuencia, la postal bélica participa en la construcción
de una memoria visual del conflicto en la que el énfasis recae en la
destrucción material, el sacrificio colectivo y la conmemoración, más que en la
violencia cruda del campo de batalla, contribuyendo a estabilizar determinados
relatos sobre la experiencia de la guerra (Bannister, 2019).
Las postales de arte constituyen otro bloque
significativo, orientado a la democratización de la cultura artística y
a la expansión del consumo estético en amplias capas de la población (Ryan,
2009). Este grupo incluye tanto reproducciones de pinturas, esculturas y obras
gráficas célebres —difundidas por museos y editoriales especializadas— como
creaciones originales de artistas vinculados a movimientos como el Art Nouveau,
el Art Déco, el futurismo o el cubismo, que encontraron en la postal un soporte
idóneo para circular más allá de galerías y revistas de arte (Ryan, 2009). En
contextos nacionales como el español, la publicación de series dedicadas a
colecciones de museos permitió que públicos alejados de los grandes centros
urbanos accedieran visualmente a un patrimonio antes reservado a quienes podían
desplazarse físicamente a las salas de exposición, reforzando así el papel de
la postal como herramienta de educación visual (Ryan, 2009).
Con el auge del cinematógrafo, emergen con fuerza
las postales de cine y celebridades, que reproducen retratos de actores
y actrices, escenas emblemáticas de películas y diseños derivados de carteles
cinematográficos, articulando un puente entre la cultura postal y el naciente star
system (Ryan, 2009). Estas postales funcionan como piezas de promoción
industrial y, al mismo tiempo, como objetos coleccionables que permiten al
público establecer una relación afectiva y de proximidad imaginaria con las
estrellas de la pantalla, integrando así la postal en las nuevas dinámicas de
la cultura de consumo mediada por la imagen (Ryan, 2009). De manera
concomitante, las postales de actualidad documentan exposiciones
universales, catástrofes naturales, grandes eventos deportivos y conflictos
políticos, actuando como un medio de información visual que circula por la red
postal antes de la generalización de la radio y la televisión (Burdick, 2005).
Ejemplos como la Exposición Universal de París de 1900 muestran la escala de
este fenómeno, con millones de tarjetas que difundían imágenes del evento y
permitían una participación simbólica de quienes no podían viajar hasta el
lugar (Burdick, 2005).
Finalmente, las postales comerciales y publicitarias son producidas por hoteles, balnearios, compañías ferroviarias, empresas navieras, comercios urbanos y otros agentes económicos que utilizan el formato postal como herramienta de promoción y fidelización (Bannister, 2019). Estas tarjetas incorporan logotipos, direcciones, listados de servicios y mensajes corporativos, y suelen distribuirse gratuitamente entre clientes y visitantes, que las envían a terceros ampliando así el alcance de la marca sin coste adicional para la empresa (Bannister, 2019). De este modo, la postal se integra desde muy temprano en las estrategias de marketing visual y comunicación corporativa, anticipando prácticas publicitarias que se consolidarán posteriormente en otros medios impresos y audiovisuales (Bannister, 2019).
10.3 Propuesta taxonómica integrada y ficha
normalizada
La diversidad de técnicas, funciones y géneros
descrita hace necesaria una propuesta taxonómica integrada que permita
describir cada postal de forma sistemática y comparable, tanto a escala de
colección concreta como en estudios comparativos entre instituciones y países
(Stulik & Kaplan, 2013). En este contexto, se propone una clasificación
multidimensional que articula, en primer lugar, una dimensión técnica
basada en códigos abreviados que sintetizan la información sobre el
procedimiento de impresión (Stulik & Kaplan, 2013). Se sugieren, entre
otros, los códigos FT (fototipia o collotype), HT (halftone o
tramado), CR (cromolitografía), FG (fotograbado), HE
(heliografía), OF (offset) y MX (técnica mixta, con
especificación de las combinaciones concretas), que permiten agrupar y filtrar
rápidamente las piezas según su tecnología de reproducción (Stulik &
Kaplan, 2013).
En segundo lugar, se plantea una dimensión
temática que codifica las principales familias de contenido y función, a
fin de captar el papel cultural de cada postal dentro de la cultura visual de
masas (Burdick, 2005). Las categorías propuestas incluyen, entre otras, TU
(turística/monumental), CO (costumbrista), PO
(política/patriótica), BE (bélica/militar), AR (arte), CI
(cine/celebridades), AC (actualidad), CM (comercial/publicitaria),
RE (religiosa), NA (naturaleza/paisaje), DE (deportiva) y OT
(otras, con especificación detallada), lo que permite combinar análisis
cuantitativos amplios y lectura cualitativa fina (Ryan, 2009). Este nivel de
codificación intermedio no pretende agotar la riqueza semántica de las
imágenes, pero sí establecer una base común que haga posible la comparación
estadística entre colecciones diferentes y el estudio de tendencias
iconográficas a largo plazo (Burdick, 2005).
A estas dos dimensiones se añaden otras cuatro
consideradas esenciales. La dimensión geográfica registra, por un lado,
la región, ciudad o provincia representada en el anverso y, por otro, el
país de producción de la postal, que no siempre coincide con el
territorio representado, lo que permite estudiar fenómenos como la producción
extranjera de vistas de determinados países o la circulación internacional de
estereotipos visuales (Ryan, 2009). La dimensión temporal distingue
entre el periodo de producción de la tarjeta —con fechas exactas o
aproximadas— y el periodo histórico representado en la imagen, lo que
resulta crucial para detectar desajustes entre el momento de impresión y la
época evocada, como en las series retrospectivas o conmemorativas (Burdick,
2005). Esta diferenciación temporal permite, por ejemplo, identificar postales
editadas décadas después de los acontecimientos que representan, lo que incide
en su interpretación como artefactos de memoria más que como documentos
contemporáneos (Burdick, 2005).
La dimensión productiva agrupa los datos
relativos al editor, al fotógrafo y al técnico impresor,
así como la numeración de serie y la presencia de marcas registradas u otros
indicios comerciales, convirtiéndose en un eje central para el estudio de las
redes empresariales y profesionales vinculadas al medio postal (Bannister,
2019). La identificación sistemática de editores y talleres de impresión
permite reconstruir catálogos, detectar estrategias de especialización temática
y técnica, y cartografiar los flujos de trabajo entre fotógrafos locales y
grandes casas editoras, a menudo situadas en otros países (Bannister, 2019). La
dimensión material incluye las dimensiones exactas de la tarjeta
(en centímetros), el tipo de papel o cartulina —incluyendo, cuando sea posible,
el gramaje—, el estado de conservación (excelente, bueno, regular, pobre) y la
descripción detallada de daños específicos como pliegues, manchas, roturas o
decoloraciones (Stulik & Kaplan, 2013). Esta información resulta
fundamental tanto para la conservación preventiva como para la investigación,
ya que ciertas características materiales pueden asociarse a periodos, talleres
o técnicas específicos (Stulik & Kaplan, 2013).
La dimensión de circulación incorpora la
información del reverso: matasellos postal, franqueo, mensaje manuscrito,
identificación de remitente y destinatario, fecha de envío legible y otras
marcas de uso como etiquetas, anotaciones de archivo o sellos de coleccionistas
(Burdick, 2005). Estos datos permiten estudiar la postal no solo como objeto
visual, sino también como documento de prácticas sociales de comunicación,
evidenciando redes epistolares, trayectorias espaciales y usos afectivos o
comerciales del medio (Ryan, 2009). De este modo, cada postal se convierte en
un artefacto complejo en el que se cruzan imágenes, textos, trayectorias y
marcas materiales, lo que justifica la necesidad de una ficha descriptiva que
integre todas estas dimensiones de manera coherente (Stulik & Kaplan,
2013).
Sobre esta base se propone una ficha normalizada que actúa como unidad básica de registro en un sistema de información especializado. Esta ficha incorpora campos como un identificador único interno, los códigos técnicos (FT/HT/CR/etc.), los códigos temáticos (TU/CO/PO/etc.), la localización geográfica representada, el editor y el fotógrafo referenciados como claves foráneas hacia tablas específicas, el periodo de producción, la numeración de serie, una descripción sintética del anverso, una descripción del reverso, la transcripción del mensaje manuscrito (cuando exista), la identificación de remitente y destinatario, la fecha de circulación, la ubicación actual (museo, archivo o colección particular), la referencia a la imagen digital asociada y un campo de notas de investigador (Stulik & Kaplan, 2013). Esta estructura permite capturar de forma estandarizada la complejidad documental de la postal y facilita tanto la gestión archivística como el análisis histórico (Burdick, 2005).
10.4 Criterios de catalogación y análisis
sistemático
La implementación de la ficha normalizada en una base
de datos relacional permite explotar plenamente las potencialidades
analíticas de las colecciones de postales ilustradas (Stulik & Kaplan,
2013). Desde el punto de vista técnico, la estructura relacional vincula la
tabla principal de postales con tablas auxiliares de editores, fotógrafos,
lugares, periodos y técnicas, reduciendo la redundancia de datos y facilitando
su actualización, lo que mejora la consistencia y la sostenibilidad a largo
plazo del sistema (Stulik & Kaplan, 2013). Desde el punto de vista
historiográfico, la principal ventaja reside en la posibilidad de efectuar consultas
complejas que serían prácticamente inviables mediante métodos manuales en
colecciones voluminosas (Burdick, 2005).
Este tipo de sistema permite, por ejemplo,
recuperar todas las postales producidas por un editor concreto —como una gran
casa internacional— en un intervalo temporal específico, filtradas por técnica
(por ejemplo, FT para fototipia) y por región representada, lo que posibilita estudios
detallados sobre la evolución de las estrategias editoriales y sobre la
geografía visual construida por cada agente (Bannister, 2019). Asimismo, es
posible localizar todas las postales bélicas de un país en una guerra
determinada, analizar su distribución temática (trincheras, ruinas, retratos,
conmemoraciones) y cruzar estos datos con información de circulación, como
destinos o fechas de envío, abriendo líneas de investigación sobre la recepción
social de las imágenes de conflicto (Bannister, 2019).
La base de datos facilita también el desarrollo de análisis
estadísticos que revelan patrones de producción y circulación:
distribuciones de técnicas por periodo, prevalencia relativa de determinados
géneros en distintas regiones, proporción de postales circuladas frente a no
circuladas, o frecuencia de determinados formatos y soportes (Burdick, 2005).
Este tipo de análisis cuantitativo permite situar la postal en el marco más
amplio de la cultura de masas, evidenciando, por ejemplo, el desplazamiento progresivo
de ciertas técnicas (como la fototipia) en favor de otras más económicas (como
el halftone o el offset) o la expansión de géneros como la tarjeta publicitaria
en fases avanzadas del desarrollo turístico (Stulik & Kaplan, 2013). La
introducción de campos geográficos normalizados hace posible integrar estos
datos en sistemas de información geográfica (SIG) y generar visualizaciones
cartográficas de densidades de producción, redes de circulación o focos
editoriales, aportando una dimensión espacial clave para la comprensión del
fenómeno (Ryan, 2009).
La normalización de campos y códigos favorece la interoperabilidad
entre distintas instituciones, al facilitar la exportación de datos en formatos
estándar y su integración en catálogos colectivos, repositorios agregadores o
plataformas colaborativas de patrimonio digital (Stulik & Kaplan, 2013). La
adopción de esquemas de metadatos compatibles —como Dublin Core, MARC o EAD— y
de identificadores persistentes para objetos y autoridades (editores, fotógrafos,
lugares) permite que las colecciones de postales, tradicionalmente marginales
en algunos catálogos, se incorporen de pleno derecho a las infraestructuras
digitales de información cultural (Stulik & Kaplan, 2013). Esta integración
mejora la visibilidad de las colecciones, potencia la investigación comparada y
fomenta proyectos cooperativos de descripción y análisis a gran escala
(Burdick, 2005).
En el plano de la preservación digital, la
vinculación de cada registro a una imagen digital de alta resolución y a
metadatos normalizados cumple una doble función: por un lado, reduce la
necesidad de manipular los originales, disminuyendo el riesgo de deterioro
físico; por otro, amplía de manera significativa el acceso remoto para
investigadores y públicos no especializados, que pueden consultar y estudiar
las colecciones sin restricciones geográficas (Stulik & Kaplan, 2013). La
combinación de imágenes de calidad, descripciones detalladas y herramientas de
búsqueda avanzadas convierte la colección de postales en un recurso
patrimonial plenamente integrado en la memoria cultural digital, superando
su antigua consideración como mero objeto de coleccionismo privado o curiosidad
marginal (Ryan, 2009).
En conjunto, la articulación de una clasificación por técnica de reproducción y por función y género, la propuesta de una taxonomía multidimensional y la implementación de una ficha normalizada en bases de datos relacionales proporcionan un marco sólido para estudiar la postal ilustrada como un objeto complejo, en el que convergen dimensiones tecnológicas, estéticas, sociales y económicas (Stulik & Kaplan, 2013). Este enfoque posibilita una historia cultural de la postal capaz de dar cuenta tanto de las prácticas cotidianas de comunicación como de los grandes procesos de construcción de imaginarios turísticos, identidades nacionales y mercados globales de la imagen entre 1869 y 1939 (Burdick, 2005).
Referencias bibliográficas (APA 7.ª ed.)
- Bannister, M. (2019). Postcard eras and collecting cultures. University of Maryland Libraries.
- Burdick, J. (2005). The picture postcard boom, 1893–1915. In University of Maryland Libraries (Ed.), Postcard eras (pp. 15–18). University of Maryland Libraries.
- Ryan, J. (2009). Picturing place: Photography, postcards and the tourist gaze. In University of Maryland Libraries (Ed.), Postcard eras (pp. 145–146). University of Maryland Libraries.
- Stulik, D., & Kaplan, M. (2013). The Atlas of Analytical Signatures of Photographic Processes: Collotype. Getty Conservation Institute.
- Twyman, M. (2013). A history of chromolithography: Printed colour for all. British Library Publishing.
- University of Maryland Libraries. (2024). Postcard eras: Digital exhibition. University of Maryland.
- Al Harmon Postcard Collection. (n.d.). Al Harmon postcard collection, 1890–1914. Online Archive of California.
- Getty Conservation Institute. (2007). The Atlas of Analytical Signatures of Photographic Processes: Introduction. Getty Conservation Institute.