“el coleccionismo no se trata de una distracción sino de una pasión y casi siempre tan violenta que solo se distingue del amor o la ambición, por la insignificancia de su objetivo”. ____________Jean de La Bruyère
“Admitidas las tarjetas postales, con sus ventajas sobre la carta cerrada para la correspondencia, era de prever que el lujo, el afán del anuncio y el inconsciente deseo de embellecer lo más vulgar y corriente para la vida moderna, que es característica de ésta, las decoraría con estampaciones, ya caprichosas y de fantasía, ya reproducciones de paisajes, lugares y tipos pintorescos. Pero lo que nadie esperaba era que una cosa que nació para simplificar y abaratar la correspondencia se convirtiese, de la manera que se ha convertido, en objeto casi de boato y ostentación, a menudo diez veces más cara que el coste de una carta corriente y, sobre todo, en materia fundamental para una de las modernas y más extendidas debilidades: el coleccionismo.” __________Antonio Cánovas del Castillo
El coleccionismo es una actividad mucho más compleja y profunda de lo que a simple vista podría parecer. Aunque en apariencia se trate únicamente de acumular objetos, cada pieza se carga de un significado personal que ayuda al individuo a construir su identidad y a llenar vacíos emocionales. No es lo mismo guardar elementos de forma desordenada y sin propósito que organizarlos de manera intencional; en este último caso, el acto de coleccionar se transforma en un ejercicio de control y orden que refleja la necesidad interna de estructurar la propia vida y de crear un sistema simbólico en el que cada objeto tenga su lugar y razón de ser.
La experiencia del coleccionista va acompañada de una intensa carga emocional, en la que el proceso de búsqueda y adquisición se torna casi ritual. Existe una tensión previa al hallazgo de esa pieza que, en el momento en que se descubre, genera una sensación de euforia y satisfacción que se ve reforzada al integrarla en un conjunto ordenado. Esta dinámica no solo mitiga la sensación de caos, sino que también proporciona un sentido de completud, aunque sea momentáneo, al lograr que el entorno personal refleje el orden interno que se persigue.
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Mercat dels Encants. Barcelona. |
El acto de reunir y ordenar se relaciona con la necesidad de ejercer control y restablecer un sentido de orden en la propia vida. Según Baudrillard, el simple “guardar objetos en serie” no constituye un verdadero coleccionismo, sino una acumulación inerte. En cambio, “ordenar, clasificar y exhibir de manera coherente” —propio del coleccionista— revela el deseo de construir un sistema significativo que evite el caos, de articular, de un modo casi obsesivo, un espacio interno reflejado en cada pieza elegida.
A este respecto, varios estudios psicológicos, como los de McIntosh y Schmeichel (2004), describen las fases por las que atraviesa el coleccionista: decidir qué coleccionar, reunir información, comenzar a adquirir los primeros objetos, planificar la búsqueda, comprar o intercambiar y, finalmente, organizar y clasificar el conjunto. Estas etapas muestran, no solo la progresión lógica, sino también la intensidad emocional que se despliega: la ansiedad que precede el hallazgo de una pieza esencial, la euforia al encontrarla, y la sensación de completud —aunque momentánea— al ubicarla en su lugar preciso.
En este proceso, la personalidad del coleccionista se ve reflejada en varias dimensiones:
Necesidad de Control y Orden Psíquico
El impulso de estructurar, tipificar y encasillar cada objeto proporciona una ilusión de estabilidad. El coleccionista se siente dueño de ese microcosmos, con un dominio absoluto sobre su mini “universo” de objetos. Desde la perspectiva de la psicología, este acto puede ser un modo de mitigar la incertidumbre, de calmar ansiedades subyacentes y de encontrar un refugio frente a la falta que define la subjetividad, tal como la planteó Lacan.Sentimiento de Pertenencia y Exclusividad
No basta con poseer; también se anhela pertenecer a una comunidad selecta que comparta la misma pasión. Para muchos coleccionistas, la afiliación a clubes, asociaciones o foros especializados es crucial: allí se valida la afición, se reconocen esfuerzos y se intercambian conocimientos. Ese reconocimiento social refuerza la autoestima y aporta un sentido de identidad. Poseer un objeto único o muy difícil de conseguir brinda exclusividad, una suerte de diferenciación simbólica que confiere prestigio dentro del círculo de entendidos.Nostalgia y Conexión con el Pasado
El deseo de recuperar o revivir momentos pasados se halla en la base de muchas colecciones. Objetos antiguos, postales, fotografías o juguetes de infancia operan como cápsulas del tiempo que evocan épocas distantes. La nostalgia, en este sentido, actúa como un motor que empuja al coleccionista a rastrear y a “atrapar” la memoria de lo que se fue, vinculando la historia personal con un objeto tangible. Esa conexión colabora en la construcción de la identidad y en la conservación de recuerdos que, de otra manera, se desvanecerían.Búsqueda de Estabilidad Psicológica
Muchos hallan en el coleccionismo una actividad terapéutica, un modo de desconexión del estrés diario. Revisar, catalogar, cuidar cada ítem se convierte en una actividad casi meditativa, que proporciona relajación y sensación de logro. El hecho de concentrarse en objetivos claros —completar una serie, conseguir una edición especial— otorga estructura y motivación, lo que puede resultar balsámico en situaciones de incertidumbre o de cambios vitales profundos.El Riesgo de la Frustración y la Obsesión
Al mismo tiempo, no todo se puede conseguir, y no todo puede lograrse de inmediato. El coleccionista debe enfrentarse a la tensión que surge de desear una pieza inalcanzable o excesivamente costosa, lo que pone en juego la capacidad de gestionar la frustración. El peligro reside en que este deseo incesante derive en conductas obsesivas, en la sobreinversión emocional o económica, o en el aislamiento social que impulsa a anteponer la búsqueda de objetos por encima de otros aspectos de la vida.Práctica de Valor Estético
Para algunas personas, coleccionar se basa en la apreciación de la belleza o la singularidad de ciertos objetos: pueden ser joyas, piezas de arte, muebles antiguos o fotografías poco comunes. El criterio estético adquiere aquí máxima relevancia; no interesa tanto la significación histórica o el recuerdo personal, sino la experiencia sensorial y la contemplación. El mero acto de rodearse de objetos que se consideran hermosos, raros o excepcionales alimenta un placer estético que, en última instancia, fortalece el vínculo emocional con la colección.
En el trasfondo de estos elementos psicológicos se vislumbra la idea de que el coleccionismo, lejos de ser un simple pasatiempo, constituye una forma de construir el sentido del mundo interior del sujeto. Al clasificar, dar valor y rodearse de objetos que hablan de su pasado, de sus gustos, de sus obsesiones y de sus aspiraciones, el coleccionista dialoga consigo mismo y con el orden simbólico de su época.
De ahí que, según diversos enfoques, se pueda entender el coleccionismo como una forma de practicar la propia identidad, de poner en acto el deseo, de canalizar impulsos, de sostener la memoria y de exhibir, a través de los objetos, el orden interno que se anhela. Esta motivación interna, a menudo inconsciente, coincide con los factores sociales (reconocimiento, comunidad de pares) y con la necesidad de prestigio o autosatisfacción.
En definitiva, los aspectos psicológicos que subyacen a la práctica de coleccionar (la búsqueda de control, el sentimiento de pertenencia, la nostalgia, la gestión de la frustración, la necesidad de estabilidad y la valorización estética) conforman el verdadero corazón afectivo de esta actividad. Con razón, La Bruyère veía en ella algo más profundo que un “pasatiempo”, reconociendo que, a través de lo que a simple vista parece una insignificancia, se libran batallas internas donde se disputan la carencia y el deseo, la memoria y la pérdida, la posesión y la imposibilidad de completar el ansiado conjunto. Y es precisamente en esa tensión donde el coleccionista descubre quién es —o quién anhela ser— mientras da forma a un universo personal que, paradójicamente, revela tanto de su subjetividad como de la cultura en la que vive.
2. ORÍGENES Y EVOLUCIÓN A TRAVÉS DE LA HISTORIA
El coleccionismo puede rastrearse hasta la Antigüedad clásica, cuando en Grecia
y Roma se valoraba la reunión de estatuas, libros u otros bienes exóticos no
solo como exhibición de riqueza, sino también como muestra de saber y
posición social. Durante el Renacimiento, el fenómeno se amplió en los
gabinetes de curiosidades, donde se conjugaban reliquias religiosas con
fósiles, artefactos científicos y objetos exóticos llegados desde territorios
lejanos (Lopez, 2009). Estos espacios no respondían solo a un impulso estético,
sino también a un afán enciclopédico, a una necesidad de abarcar el
mundo por medio de su representación material.
Con la Revolución Industrial y la expansión de la clase media en el siglo XIX
(Harvey, 2005), el coleccionismo dejó de ser un privilegio aristocrático y se
convirtió en un distintivo de estatus social al alcance de más gente.
Esa tendencia se acentuó en el siglo XX, cuando la globalización y la creciente
cultura de masas multiplicaron las posibilidades de intercambiar y adquirir
nuevos objetos, desde obras de arte de alto valor hasta tarjetas postales,
juguetes o sellos. La llegada de Internet generó un salto adicional, ofreciendo
foros y plataformas digitales que democratizaron aún más el acceso a
todo tipo de piezas.
3. DIMENSIONES PSICOLÓGICAS: DEL DESEO AL CONTROL
La psicología ha hecho hincapié en que el coleccionismo no se reduce a lo
material, sino que implica procesos emotivos y afectivos muy profundos.
De acuerdo con Münsterberger (1994), quien colecciona no solo adquiere
un objeto, sino que se involucra en un vínculo emocional con él,
proyectando carencias, deseos y recuerdos. Sigmund Freud (1915) observó en sus
estudios sobre las pulsiones la forma en que ciertos impulsos infantiles de
apropiación y curiosidad reemergerían en la adultez a través del ansia de
recopilar determinados objetos. Jacques Lacan, en su reflexión sobre la “falta”
constitutiva del sujeto, recordó que el deseo se organiza en torno a lo que no
se posee, ilustrando así el carácter interminable de la búsqueda del
coleccionista, que nunca completa su colección a plenitud.
Baudrillard (2003) sugirió que, mediante el coleccionismo, el individuo
intenta ordenar el caos y ofrecerse a sí mismo un sentimiento de control
frente a la finitud del tiempo y de la vida. En esta misma línea, McIntosh y
Schmeichel (2004) identificaron el desarrollo de fases específicas, como decidir
qué coleccionar, informarse, adquirir las primeras piezas, organizar,
clasificar y, por último, exhibir. Cada fase implica placeres
y ansiedades: la anticipación al hallar una pieza rara, la decepción ante
la imposibilidad de encontrarla o de costearla, y el goce que aporta la meta alcanzada,
aunque sea efímera.
4. MOTIVACIONES INTERNAS Y EFECTOS EMOCIONALES
Existen diversos motores internos que explican por qué una persona inicia y
persiste en la práctica de coleccionar. Uno de ellos es la nostalgia, la
necesidad de rescatar y conservar momentos pasados (Pearce, 1992). Quien
colecciona viejas postales o juguetes antiguos reconstruye
fragmentos de la historia (personal o colectiva) y reconecta con un
tiempo al que desea retornar simbólicamente. Para otros, prima la búsqueda
de la belleza, de un criterio estético que impulse a rodearse de objetos
admirables. Otros tantos hallan en la actividad de catalogar y preservar
un refugio frente al estrés, una forma de producir estabilidad
emocional en medio de la incertidumbre. También se observa el deseo de
pertenecer a grupos que comparten el mismo interés, lo que refuerza la identidad
colectiva y el sentimiento de exclusividad al poseer ciertas piezas
difíciles de conseguir.
Dentro de estos motivos, la gestión de la frustración es esencial. No todo
está al alcance y no todo se obtiene enseguida. Tarde o temprano, el
coleccionista se confronta con su propia incapacidad de hallar ciertas
piezas, de costearlas o de mantener la coherencia total de su colección. Esto
puede desatar obsesiones, ansiedades y tensiones psíquicas que, en casos
extremos, conducen a conductas excesivas y a cierta “dependencia” de la
búsqueda constante. La dialéctica del amo y el esclavo, descrita por Hegel
(1807) y posteriormente evocada por Zizek (1989) para el ámbito contemporáneo,
ilustra este peligro: uno cree “poseer” los objetos, pero en verdad puede verse
“poseído” por ellos, sometiendo al individuo a la tiranía de su propio deseo
inagotable.
5. DE LO FUNCIONAL A LO SAGRADO: LA TRANSFORMACIÓN DEL
OBJETO
Cuando un objeto se incorpora a una colección, deja atrás su función
originaria. Un sello postal deja de ser un simple comprobante de franqueo al
integrarse en el universo del filatelista. Ese acto de “consagración” lo vuelve
especial, casi sagrado, pues adquiere un valor que no responde ya
a su utilidad sino a un significado simbólico. Pomian (1990) habló de los
“semióforos”, objetos que, más allá de su materialidad, portan un
significado, un valor intangible para su poseedor y para quienes comparten
ese mismo campo de interés. Belk et al. (1991) apuntaron que el auténtico valor
del objeto coleccionado proviene de la narración que construye el coleccionista
y de la relación profunda que se establece entre la pieza, el resto de la
colección y la persona que la atesora.
6. NECESIDAD DE SOCIALIZACIÓN Y MOSTRAR LA COLECCIÓN
Aunque se estereotipe la imagen del coleccionista como alguien ensimismado y
solitario, la realidad demuestra que, una vez conseguida la pieza deseada,
surge la necesidad de compartir. Existen ferias, mercados, mercadillos,
grupos y asociaciones filatélicas o numismáticas, clubes de postales,
convenciones de coleccionistas de cómics o de figuras de acción, donde se
intercambian saberes, se compran y venden ejemplares y se celebran hallazgos.
Las plataformas virtuales como Todocoleccion o eBay han potenciado todavía más
la capacidad de crear redes entre aficionados de todo el mundo. Esta dimensión
social confirma que coleccionar no se limita a lo privado: el coleccionista
busca reconocimiento, apoyo en las búsquedas y validación de su labor.
En esta interacción, puede experimentarse euforia compartida o frustración
colectiva ante la escasez de determinados objetos.
7. UN MECANISMO QUE ACOMPAÑA AL SUJETO Y A SU CULTURA
Al analizar el acto de coleccionar, se concluye que su complejidad abarca factores
psicológicos —control de la ansiedad, deseo de completud, nostalgia,
búsqueda de estatus— y dinámicas sociales —reconocimiento grupal,
intercambio económico, difusión cultural— que lo convierten en un fenómeno
multifacético. El sujeto se sostiene en la ilusión de crear un universo
ordenado a partir de fragmentos dispersos y dotar a cada uno de un valor
personal e histórico. Como decía Mario Gradowczyk, cabría pensar que “toda la
vida está signada por la necesidad de acumular objetos para finalmente
librarnos de ellos, o ellos de nosotros”, en clara alusión a la paradoja
de que la pasión que impulsa la colección puede llegar a atraparnos en un ciclo
inagotable de deseo.
El estudio del coleccionismo, por tanto, ilumina la psicología individual,
el tejido cultural, la mercantilización e incluso la creación
de la memoria de sociedades y personas. Entre la fascinación estética y la
repetición obsesiva, entre el afán de control y la necesidad de socializar, el
coleccionista se descubre a sí mismo a través de las piezas que reúne,
convirtiendo un gesto aparentemente trivial en una de las más ricas expresiones
de la subjetividad humana.
8. DESAFÍOS CONTEMPORÁNEOS Y FUTURAS DIRECCIONES
La creciente digitalización de la sociedad ha impulsado transformaciones
evidentes en el modo de coleccionar. La Internet, las plataformas de subastas y
la interconexión global han hecho posible un alcance insospechado para el
coleccionista, que ya no se ve constreñido por fronteras geográficas ni por la
necesidad de depender exclusivamente de encuentros físicos con otros
aficionados. Con un simple clic, es posible acceder a mercados virtuales
donde se ofertan piezas de cualquier rincón del planeta, lo cual democratiza
el coleccionismo pero también lo somete a las lógicas fluctuantes de la oferta
y la demanda internacionales. Además, la reproducción digital de ciertos bienes
—libros antiguos escaneados, imágenes de obras de arte en alta resolución—
plantea una reflexión en torno a la materialidad: ¿qué sucede cuando el
objeto real se ve desplazado por su doble virtual? ¿Se mantiene, disminuye o
desaparece la pulsión de posesión frente a una obra que, de forma virtual,
podría reproducirse de manera casi infinita? Autores como Benjamin (1933) ya
vislumbraban la alteración del aura del objeto en la época de la
reproductibilidad técnica, y hoy su teoría se reactualiza en el ámbito digital.
En paralelo, la sostenibilidad se ha vuelto una
consideración ineludible. La acumulación de bienes físicos, la preservación de
materiales frágiles o el transporte de objetos de gran tamaño comienza a
confrontarse con la conciencia ecológica. Lo que antes se percibía únicamente
como un gesto de protección del patrimonio —reunir y conservar objetos— se
contrasta ahora con la huella de carbono que pueda suponer el envío constante
de mercancía a través del mundo. Ello abre el debate sobre coleccionar de
manera responsable, buscando equilibrar la pasión individual con el impacto
ambiental.
Por último, la crítica social cuestiona la obsesión por la “rareza” y el valor mercantil que puede adquirir un objeto. Zizek (1989) alertaba sobre la forma en que la ideología impregna hasta la actividad supuestamente más personal, y el coleccionismo no escapa de este influjo. ¿Cuántas veces el deseo de “algo único” se halla estimulado por estrategias comerciales o por la especulación del mercado? Mientras algunos defienden que el genuino coleccionista se rige por la fascinación íntima —la belleza, la historia, el recuerdo—, otros subrayan la enorme presión ejercida por la subasta, la tasación y la búsqueda de status. El futuro del coleccionismo tal vez exija una reflexión crítica en torno a estas tensiones entre la pasión íntima y las dinámicas capitalistas.
9. LA COLECCIÓN COMO DISPOSITIVO DE MEMORIA Y CULTURA
Más allá de su dimensión individual, el coleccionismo cumple una función
trascendental en la preservación y transmisión de la memoria
colectiva. Muchos museos surgieron de colecciones privadas que, en su
progresivo crecimiento, terminaron asumiendo una responsabilidad pública: la de
salvaguardar y difundir un legado artístico, histórico o
científico. De ahí que el acto de coleccionar se conecte estrechamente con la
construcción de la identidad cultural de comunidades y naciones. Quien adquiere
libros antiguos, monedas históricas o tarjetas postales con vistas de ciudades
desaparecidas, no solo satisface un impulso personal, sino que, en cierto modo,
resguarda fragmentos del pasado que podrían quedar relegados al olvido.
Walter Benjamin (1933) interpretaba que el coleccionista se convierte en una suerte de historiador anticipado, capaz de descubrir en lo efímero conexiones que pasan inadvertidas al ojo común. Cada objeto aparentemente banal —una fotografía, una etiqueta, un boleto de transporte— puede enmarcarse en un relato que revele aspectos sociales y culturales de su época. Por esta razón, museos y archivos terminan relacionándose de forma simbiótica con quienes conservan piezas fuera del circuito oficial: gran parte de los hallazgos arqueológicos, artísticos y documentales se producen gracias a la curiosidad y persistencia de coleccionistas independientes que, con sus hallazgos, complementan e incluso rectifican la historia oficial.
10. PERSPECTIVAS EDUCATIVAS Y TRASCENDENCIA SOCIAL
El coleccionismo no solo atañe a la satisfacción individual
o a la experiencia introspectiva del sujeto, sino que también adopta un rol
relevante dentro de la educación y la divulgación cultural. Museos y centros de
enseñanza suelen apoyarse en colecciones temáticas que estimulan el
conocimiento de la historia, la ciencia o las artes. Susan Pearce (1992)
subrayó el valor didáctico de las colecciones, argumentando que al exponer
series de objetos —clasificados en torno a criterios cronológicos o temáticos—
se invita al público a reflexionar de manera crítica y ordenada sobre fenómenos
complejos. De esta forma, el acto de coleccionar se convierte en un
puente entre la curiosidad individual y la transmisión de un saber colectivo.
En el contexto escolar, la creación de pequeñas colecciones
—sellos, hojas botánicas, minerales o muestras arqueológicas simuladas— fomenta
en el estudiante la observación analítica, la capacidad de seleccionar,
organizar e interpretar datos, y el desarrollo de un
pensamiento relacional. Existen experiencias didácticas en las que el
alumnado, motivado por la identificación de patrones, llega a una comprensión
más profunda de la ciencia o la historia que si se limitara a la mera memorización
de conceptos. Así, la dimensión pedagógica del coleccionismo abre oportunidades
para conectar el placer lúdico —la emoción de la búsqueda y el hallazgo— con la
formación integral.
Este potencial educativo se extiende, además, al ámbito comunitario. El hecho de reunir objetos relacionados con la identidad de un barrio o región (fotografías antiguas, testimonios materiales de oficios en desuso, recortes de prensa local) impulsa la recuperación de la memoria colectiva, generando orgullo de pertenencia y fortaleciendo la cohesión social. Al compartir dichas colecciones, los individuos no solo exhiben objetos, sino que narran vivencias, anécdotas y microhistorias que enriquecen el acervo simbólico de la comunidad. De esta manera, el coleccionismo puede entenderse como un dispositivo de construcción de lazos y de mediación cultural, en el que la exhibición deja de ser un acto individualista para transformarse en un acto de diálogo con el entorno.
11. LA DIGITALIZACIÓN Y LAS NUEVAS FORMAS DE COLECCIONAR
La eclosión de la tecnología digital ha propiciado el surgimiento de nuevas
tipologías de coleccionismo. Desde los NFT (Non-Fungible Tokens)
basados en la cadena de bloques, hasta la creación de museos virtuales donde
solo existen réplicas digitales de las piezas, se abre un horizonte que
interroga la naturaleza misma del objeto y el lugar que ocupa la posesión
material en nuestro sistema de valores. Si bien la experiencia táctil y la
vinculación emocional con lo “concreto” continúan siendo fundamentales para
muchos, los entornos digitales atraen a generaciones que ven en la flexibilidad,
instantaneidad y ubicuidad de lo virtual una oportunidad para explorar
universos inabarcables.
En la actualidad, un coleccionista digital puede adquirir —o
intercambiar— skins de videojuegos, cromos virtuales de deportistas,
obras de arte tokenizadas o rarezas sonoras sin que medie un contacto físico
con el objeto. Esto conlleva debates acerca de la autenticidad y de la experiencia
de posesión, junto con consideraciones sobre la volatilidad del valor
mercantil cuando la pieza puede reproducirse indefinidamente, salvo por la
marca criptográfica que confirma su originalidad. Foster (2004) examinó
cómo la cultura de masas y la lógica del diseño trasladan el eje de lo “único”
a lo “instantáneamente accesible”, apuntando que en la búsqueda de
exclusividad asoma la huella de la vieja pulsión por el objeto irrepetible.
Pero no todos los cambios se circunscriben al coleccionismo digital. El mayor acceso a la información y la proliferación de redes sociales ha acelerado la creación de comunidades que antes habrían permanecido dispersas, permitiendo encuentros virtuales entre personas con intereses altamente específicos: coleccionistas de postales de lugares desaparecidos, aficionados a moldes de galletas victorianos o apasionados por la filatelia temática de especies marinas. Estas convergencias reafirman la idea de que el coleccionismo, más que aislamiento, potencia la socialización global e incentiva el intercambio de datos, consejos y narrativas.
12. CUESTIONAMIENTOS ÉTICOS Y FUTUROS HORIZONTES
Al mismo tiempo, la práctica coleccionista no está exenta de implicaciones
éticas. En el ámbito del arte y de los bienes patrimoniales, surgen
preguntas sobre la procedencia legítima de las piezas, la necesidad de respetar
la normativa de protección y de no sustraer materiales que puedan pertenecer a
la herencia cultural de comunidades originarias. En el plano ecológico, el
coleccionismo de especies naturales (insectos, conchas marinas, corales) o de
materiales escasos suscita una tensión entre el deseo de adquirirlos y la
preservación de los ecosistemas. De igual manera, se discuten los riesgos de
sobreexplotación o de fomento indirecto de actividades ilícitas, como el
comercio clandestino de antigüedades provenientes de yacimientos arqueológicos.
Por otro lado, la tendencia especulativa en el mercado del arte —donde ciertas obras o artículos se revalorizan de forma desmesurada por la acción concertada de inversores— obliga a reflexionar acerca del verdadero sentido del coleccionismo: ¿se trata de una carrera por la obtención de ganancias o de una vía para profundizar el vínculo afectivo y cognitivo con el objeto? Quien entiende el coleccionismo como un vehículo de exploración personal y cultural podría verse desplazado por actores guiados principalmente por el criterio monetario, lo que puede distorsionar la valoración misma de las piezas y convertirlas en simples activos transables.
En las próximas décadas, las nuevas generaciones con mayor conciencia ambiental y con un manejo natural de la tecnología digital podrían redefinir las reglas del juego. Tal vez se consoliden “colecciones virtuales” con comunidades vastísimas, donde la posesión de un objeto tangible ya no sea el centro, sino la posibilidad de experimentar y compartir contenidos simbólicos que resuenen en nuestra subjetividad. O quizá surjan formas de coleccionismo colaborativo, donde numerosos individuos participen en la construcción conjunta de un gran archivo digital o de un fondo común de piezas físicas, equilibrando así lo privado y lo colectivo.
13. REFLEXIÓN FINAL: EL ECO DE LO HUMANO EN CADA OBJETO
El coleccionismo se erige como un fenómeno complejo en el que confluyen necesidades, ilusiones y tensiones que abarcan múltiples dimensiones: la psicológica, anclada en el deseo y la falta constitutiva; la social, que abarca la búsqueda de reconocimiento y la pertenencia a comunidades específicas; la económica, atravesada por el mercado global y la especulación; la cultural, capaz de salvaguardar testimonios históricos y artísticos; y, cada vez más, la ecológica, que exige un replanteamiento de cómo se colecciona y con qué propósito.
En lo psíquico, numerosos autores (Freud, Lacan, Baudrillard, Muensterberger, entre otros) han destacado que coleccionar permite al sujeto organizar, resignificar y controlar elementos de la realidad a fin de apaciguar la ansiedad o enfrentar la incertidumbre. El orden que se impone a las piezas refleja, muchas veces, el anhelo de instaurar un sentido interno que combata la arbitrariedad del afuera. Asimismo, la acumulación de objetos establece un diálogo con la infancia y con la memoria, revitalizando afectos y otorgando consistencia a la propia identidad.En lo social, el intercambio y la exhibición revelan que el coleccionista no permanece en aislamiento, sino que se afianza en redes, grupos y mercados donde la “caza” del objeto deseado adquiere la forma de una aventura comunitaria, con sus ritos y sus normas. En lo cultural, cada colección crea un acervo de significaciones que nutre el imaginario colectivo y puede, incluso, erigirse como recurso invaluable para la reconstrucción de la historia y la cultura material. Finalmente, la dimensión crítica emergente lleva a plantearse si la euforia por poseer “el objeto único” se ve exacerbada por dinámicas comerciales y especulativas que, en ocasiones, instrumentalizan la pasión genuina del coleccionista.
De manera irónica y al mismo tiempo profunda, Mario Gradowczyk sugirió la metáfora de que la vida es la necesidad incesante de “acumular objetos para finalmente librarnos de ellos, o ellos de nosotros.” El coleccionismo, entendido así, se vuelve un símbolo de la condición humana: en él convergen el deseo y la imposibilidad, la nostalgia y el acto creador, la euforia por la conquista y la perenne insatisfacción de no poder completarlo todo. Lejos de ser un mero entretenimiento, constituye una práctica vital que, a la postre, dibuja el mapa de nuestro mundo interior tanto como refleja las dinámicas de la sociedad en la que nos movemos.
Si algo queda claro, es que el coleccionismo constituye una clave de
lectura para entender la relación del ser humano con su historia, con su
deseo y con las representaciones que lo rodean. Cada objeto atesorado narra no
solo el anhelo de quien lo busca, sino también un retazo de las fuerzas
sociales y culturales que dan forma a ese deseo: la promesa de inmortalidad, la
voluntad de ordenar el desorden, la necesidad de recordar lo que el tiempo
erosiona. En ese cruce de intereses individuales y colectivos, el coleccionista
—consciente o no— encarna la tensión entre la búsqueda inagotable y la certeza
de que ninguna colección se completa jamás.
Para algunos, será ante todo una expresión artística, la necesidad de rodearse de belleza. Para otros, una reconstrucción del pasado, un acto nostálgico que salvaguarda improntas de la niñez, la familia o la cultura. Para muchos, un estímulo social, la invitación a participar en redes globales de intercambio, a entablar amistades y compartir conocimientos. Y para todos, en algún punto, un espejo en el que se refleja la forma en que lidiamos con la ausencia, el deseo, la soledad y la comunión humana. Porque, al fin y al cabo, en cada pieza que se añade o se anhela, late la pregunta básica que le da vida a este fenómeno: “¿Qué falta en mí que trato de encontrar a través del objeto?”. Y es, precisamente, esa dialéctica inagotable la que mantiene vivo y palpitante el espíritu coleccionista.
BIBLIOGRAFÍA
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